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Artículo

Marimar en el Mar Negro

O de cómo los melodramas latinoamericanos les enseñaron a los rumanos a hablar español y a la televisión rumana a hacer negocios.

Ilustración de Jorge Ávila


20 de agosto de 2009. Drobeta-Turnu Severin, suroeste de Rumania. Este colombiano que nunca había puesto sus pies en la verdadera Europa del este se prepara para tomar una fotografía del antiguo mercado cubierto de la ciudad, convertido en un bazar de productos chinos. Suena su teléfono. Dice dos o tres frases en español. Un grupo de niñas gitanas que juegan en el parque se acercan para hablarle.

En un español sin acento rumano.

Me preguntan de dónde soy y me piden que les tome fotos.

Se ponen a cantarme que Gaviota, que vuela lejos, vuela muy alto.

En español sin acento.

Cuando se van, la última en alejarse me dice: “Adiós, corazón”.

Han pasado ocho años desde entonces y todavía, cada vez que cuento la anécdota en esa vaina enorme llamada Europa del este, alguien me explica que no tiene nada de raro, que por esos lados la primera expresión que aprendieron en español fue “estoy embarazada” o “¡el niño!, ¡el niiiiiiño!”.

Que todos adoraban las telenovelas.

El camino hacia las pantallas vacías

Al hablar con un rumano sobre los últimos años del régimen totalitario de Nicolae Ceausescu, o al verlos en las decenas de películas o novelas que abordan ese período, uno tiene la impresión de que se vivía hablando pasito, en medio de un paisaje de tonos ocres. El camino había sido largo, pero al fin el Estado podía ufanarse de que ya no necesitaba la tortura o las detenciones políticas para mantener bajo control a un país de casi 20 millones de habitantes. No existe un consenso sobre si, como se ha dicho, uno de cada cuatro rumanos hacía parte de la policía política, la Securitate; que todo mundo así lo creyera bastaba como disuasión a la hora de expresar, incluso entre amigos, el descontento frente a las políticas del gobierno. Los artistas, con la rara excepción de aquellos hábiles para la alegoría bien disimulada, no tenían más opciones que el silencio o el exilio.

“Existía una cierta tolerancia con el ‘cine arte’ europeo y circulaban películas extranjeras en casets de video, pero la industria local se limitaba a producciones históricas y comedias picarescas que de manera más o menos evidente retomaban los valores del sistema. La situación de la televisión nacional era peor”, dice Cristian Mungiu, director de 4 meses, 3 semanas y 2 días, filme ganador de la Palma de Oro en 2007 y que aborda ese período, y de la cinta Historias de la edad de oro, que retrata los últimos años de la dictadura.

En los ochenta, el cine conservó su estatus de “arte del pueblo” y aún se entregaban cupones para asistir gratis a las proyecciones. La televisión, en cambio, bajo control estatal desde su creación en 1956, sufrió rápidamente el peso de las medidas de austeridad impuestas por Ceausescu desde 1977, cuando luego de viajar a China y a Corea del Norte el dictador regresó con un montón de ideas sobre cómo manejar su país. Buscando un pago rápido de la deuda externa y que Rumania produjera lo necesario para su propio consumo, el líder vitalicio se lanzó a una industrialización forzada e ineficaz, que estaba llevando al país hacia la hambruna. En la industria televisiva, a la baja calidad de los contenidos y de la transmisión (ya no había con qué pagar el mantenimiento de los equipos, menos aún con qué modernizarlos) se fue sumando la disminución del tiempo de programación al aire. Las estaciones no podían funcionar todo el día y los espectadores tuvieron que contentarse primero con cuatro a seis horas diarias, y luego con apenas dos, confiando en que esta franja no coincidiera, perra suerte, con los cortes de electricidad cada vez más frecuentes. La situación era apenas mejor en las regiones fronterizas, en donde podían captarse canales en serbio, húngaro o ruso. Los espectadores, por supuesto, no ponían reparos a la ausencia de subtítulos. Esa disposición a armarse la trama a partir de las imágenes, sin necesidad de comprender el idioma, jugaría su papel un tiempo después, con el auge de las telenovelas latinoamericanas.

Solo un evento era siempre transmitido con la mejor calidad en todo el territorio: las intervenciones del Conducator. Pero la eficacia de la televisión estatal cuando se trataba de la palabra de Nicolae Ceausescu terminaría por costarle el cargo, el poder y la vida. El 21 de diciembre de 1989, cuando los rumores sobre la represión violenta de una serie de manifestaciones en la ciudad de Timisoara ya se habían regado por todo el país, la mayoría de los 20 millones de rumanos lo vio en la televisión tratando de calmar, desde el balcón presidencial, a la multitud que él pensaba vendría a apoyarlo, pero esta terminó por abuchearlo frente a las cámaras. La transmisión se cortó, pero eso le bastó a la audiencia para suponer que algo pasaba en el centro de Bucarest. Al día siguiente, a las 12:08 del mediodía, una vez más en vivo y en directo, apareció en las pantallas el decolaje de un helicóptero desde el techo del Palacio Presidencial. Ceausescu iba a bordo. Pero la conmoción del día anterior contribuiría a que su piloto lo traicionara, abandonándolo en un terreno baldío. El juicio sumario que vendría a continuación fue tan televisado como la Revolución. Así lo describe Emmanuel Carrère en Limónov: “Tras cada andanada de acusaciones, el fiscal invisible les invita a responder, y lo que responde el hombre, mientras tritura su shapka, es que no reconoce la legitimidad del tribunal. Su mujer se exalta por momentos, empieza a argumentar, y para calmarla él posa una mano en la de ella, con un gesto familiar, conmovedor. A intervalos, también, mira su reloj, de lo cual se ha deducido que aguarda la llegada de tropas que les liberarían. Pero esas tropas no llegan y, al cabo de media hora, cortan. Elipsis. El plano siguiente muestra sus cuerpos ensangrentados, que yacen en el pavimento de una calle o de un patio, no se sabe dónde”.

De hecho, la elipsis que menciona Carrère y que aligera un poco lo cruento de la grabación, fue exclusiva de la retransmisión por las cadenas de televisión francesas. En cambio, los televidentes rumanos pudieron ver cada embriagante segundo del juicio y luego el paneo sobre los cuerpos de la pareja recién ejecutada.

Por supuesto, lo que vino a continuación fue una fuga ideológica si no física. En su libro Revolutia româna. Marturii si documente, Romulus Cristea cuenta que el nivel de concentración de poder era tal que, en ausencia de aquel que dirigía el aparato burocrático al que ahora todo el mundo negaba pertenecer, el país era incapaz de funcionar. Así como los buldóceres que arrasaban casas para permitir la construcción de bloques residenciales quedaron parados, y los soldados no sabían si debían o no disparar (pero lo hicieron y la prueba es que hubo más muertos después de la huida de Ceausescu que antes de esta), los operarios de televisión quedaron sin la menor idea de qué contenidos transmitir.

 

*

Alexandra Raluca Ripan, quien ha escrito largamente sobre el papel de los medios en la Rumania poscomunista, dice que el problema se solucionó rápido para la prensa escrita: los propietarios de los diarios expropiados por el comunismo o sus herederos asumieron una restitución de facto, y los intelectuales que habían sufrido la censura tomaron el control de los demás. Temas no faltaban: allí estaban las fotos e historias de los muertos, de los últimos soldados que combatían y de los centros de las ciudades, destruidos por los disturbios y la represión de la semana anterior.

El mismo tipo de imágenes, junto con los discursos de quienes se autodenominaban “arquitectos de la Revolución”, alimentaría los telediarios, que ocupaban todo el tiempo al aire disponible durante los primeros días. Pero conforme avanzaba enero de 1990, se fue haciendo evidente que la televisión no podía seguir reciclando las imágenes de la caída del Conducator y que tampoco existían los recursos para cubrir la reconstrucción del país, que no solo no estaba centralizada, sino que, además, era mucho menos interesante visualmente. Mientras se intentaba crear de la nada una cadena de producción de nuevos contenidos, había que llenar el tiempo al aire sin recurrir al archivo de programas de propaganda. Los dibujos animados, que envejecen bien, fueron una solu ción a la mano. Por algo más de dos años, los televidentes adultos tuvieron que conformarse con los humoristas locales, los shows musicales y tal o cual serie policíaca europea o película de guerra estadounidenses.

 

El milagro que vino del sur

Al mismo tiempo, en ese otro lado del mundo llamado América Latina cada país contaba con máximo cuatro canales de televisión y, en la mayoría de casos, solo aquellos financiados con dineros públicos transmitían producciones nacionales. En un artículo publicado por la revista Critical Studies in Media Communication, Joseph D. Straubhaar señala que antes de que Univisión entrara en el juego de la compra y reventa de argumentos y series terminadas, el ciclo de vida de los programas producidos en América Latina era extremadamente corto comparado con el del mercado estadounidense, en el que la redifusión –como se conoce la venta de una producción para su retransmisión por otra cadena– permitía que una serie continuara generando ganancias mucho tiempo después de la emisión original. Sin esa segunda vida de los programas norteamericanos, los realizadores de telenovelas de México a la Patagonia estaban encartados con un depósito de productos cuyo ciclo comercial parecía haber terminado, hasta que en las ferias internacionales de productos televisivos aparecieron, buscando contenidos baratos, los programadores de Europa del este.

Mihaela Armaselu, periodista rumana, dice que, además, los programadores rumanos se vieron obligados por ley a disminuir y regular la violencia en la pantalla, lo que los forzaba a dejar de lado las series clase b, que habrían podido representar una alternativa. En 1992, La esclava Isaura, una producción brasileña de 1976, fue la primera telenovela emitida en Rumania.

“Es sabido que los romances televisados, como los cuentos de hadas, ofrecen arquetipos fáciles de asimilar, más allá de las diferencias culturales y lingüísticas. En el caso rumano, ellos también representaban sueños de riqueza, belleza y libertad, y para un país que acababa de salir de una dictadura que todos describen como gris parecían por fin realizables. Ese ‘occidente’ soñado estaba allí, al otro lado de la pantalla”, dice Irina Tudor Dumitrescu, la crítica del semanario Dilema Veche.

Se habla “español de telenovela”

Cuando empecé a entender por qué las niñas gitanas me habían cantado en español, me di cuenta de que no podrían haber nacido en los tiempos del primer auge de las telenovelas latinas en Rumania. Me tomó un tiempo saber que el hecho de que tuvieran las referencias era una prueba de lo perenne que resultó ese “español de telenovela”, que aparece con frecuencia en las conversaciones con los rumanos que vivieron su adolescencia al principio de los noventa.

Paso por la vergüenza de utilizar Google como punto de partida. La búsqueda de “spaniola din telenovele” arroja 25.000 resultados, algunos llevan a grupos de Facebook en los que se discute el tema; otros a entrevistas ligeras con celebridades aún más ligeras, que cuentan cómo aprendieron el idioma viendo televisión; y otro incluso a un artículo del Times New Roman (un portal satírico rumano al estilo de Actualidad Panamericana), donde se afirma que, según estudios, todo rumano que habla español lo hace con acento trágico. Eso no es todo, el largometraje California Dreamin’, de Cristian Nemescu, evoca una tarea típica de las escuelas rumanas, que consiste en escribir un comentario en español sobre Esmeralda (telenovela mexicana de 1997, dirigida por Beatriz Sheridan); y en los magazines en línea rumanos aparecen con cierta frecuencia artículos sobre cómo jóvenes de todas las clases sociales aprendieron las bases del castellano a punta de pasar las tardes viendo melodramas sin traducción ni subtítulos.

Pero veamos cómo la influencia extiende sus ramas. “Cafea cu parfum de femeie” es el título de una canción de la banda rumana de punk Sport Sângeros iii (que traduce “Contacto sangriento iii”, los grupos de punk se llaman así), que en tres acordes hace homenaje al personaje de la telenovela colombiana Café con aroma de mujer, interpretado por Margarita Rosa de Francisco. En 1998, Zob, la versión rumana de Green Day, llamó Telenovele a su primer álbum. Fue la canción homónima la que los hizo famosos:

 

Dime entonces, mi amorcito

¿Qué hizo entonces Marimar?

¿Nació niño o niña?

¿Y quién es el papá?

¿Don Gustavo se murió?

¿Fernando se enriqueció?

¿Esteban ya se operó?

 

Inténtelo. Pregúntele a un rumano cómo aprendió español y obtendrá como respuesta: con Muñeca brava, La usurpadora o Café con aroma de mujer.

Cada quien su betty

A pesar del fervor del público, tuvieron que pasar doce años entre las primeras telenovelas transmitidas en Rumania y la decisión de lanzarse a la producción local, pues era necesaria una estructura capaz de invertir los recursos para un proyecto cuya rentabilidad podía necesitar años de retransmisiones y reventas. Ese papel lo asumiría el canal Acasa tv, inaugurado en 1998 como cadena hermana de Pro tv, la principal estación de televisión privada del país. El eslogan de Acasa, “El amor en el hogar”, recuerda que, a pesar de la vocación que mostró en sus inicios de tener una programación abierta al público general, siempre estuvo previsto que, con el tiempo, se convirtiera en la “sucursal de telenovelas” del grupo Pro tv.


Seis años después, el 16 de agosto de 2004, el Jurnalul National anunciaba que “20 actores fueron seleccionados entre 200 para ser los protagonistas de la primera telenovela rumana, ‘una intriga basada en las historias de amor de todas las telenovelas importantes de América Latina, pero anclada en la sociedad rumana’ ”. Esa apuesta, que se convertiría en Numai iubirea (“Solo el amor”), se sabía ganadora desde el principio: el público ya estaba acostumbrado al formato y el mercado funcionaba para las series “neutras”, reciclables al infinito y adaptables a cualquier público, una especie de formulario que bastaba rellenar con autores locales bien posicionados. El éxito global de Yo soy Betty, la fea demostraba la viabilidad de una fórmula basada en los arquetipos. La “sociedad rumana” de Numai iubirea era solo una de cualquier parte del mundo (es decir, de ninguna), contada, por fin, por actores locales.

Durante este tiempo, Acasa llenó la mayor parte de su programación de 24 horas con historias rosa y firmó acuerdos con Televisa y Telemundo. Esta estrategia de ofrecer historias importadas reinterpretadas con actores locales, y telenovelas extranjeras más recientes que aquellas a las que el público estaba acostumbrado, le permitió llegar a ser la cadena más rentable del grupo y convertirse en el canal más visto del país, todo esto sin invertir en producción durante seis años.

Acasa estuvo también tras Inima de tigan (“Corazón de gitano”), la primera telenovela verdaderamente rumana, que rompería todos los récords de audiencia, llegando a contar para su episodio final, el 1º de junio de 2008, con 2.162.000 de telespectadores, la mayor audiencia de la década en el país. Marcó así el nacimiento del mercado de los productos derivados, que incluyen los clubs de fans, las revistas especializadas, sitios de internet y cuadernos para niños. Ya no era necesario esperar a la venida de Margarita Rosa de Francisco o de la “muñeca brava”. Natalia Oreiro, Andreea Patrascu y Bianca Neagu estaban disponibles para los banquetes de caridad y los programas de variedades con los que se despertaba el país.

“Fue tanto el cariño que la gente tuvo por esa producción que los escenarios donde se filmó aún se conservan y existe el plan de convertirlos en el eje de una visita temática a los estudios Buftea en las afueras de Bucarest”, me dice Roxana Murgu, del departamento de comunicación de MediaPro. Este grupo de comunicaciones, nacido de Pro tv, en parte gracias a Acasa se convirtió en un conglomerado de ocho cadenas en Rumania y en una pieza esencial de Central European Media (CME), la compañía (con sede en Bermudas) presidida por Adrian Sârbu, un camarógrafo que filmó la Revolución de 1989 en las calles de Bucarest y que hoy está al frente de 23 canales de televisión en Europa oriental. Desde 2011, Time Warner es la firma propietaria del 34% de sus acciones de CME.

 

El camino de regreso

Con capital de sobra, un público rendido y una circulación internacional en expansión, las productoras rumanas estaban listas para convertirse en exportadoras; pero, para saber si podrían competir frente a la hegemonía latinoamericana, experimentaron primero difundiendo telenovelas turcas e indias. También aquí Acasa tuvo un peso importante: fue la primera cadena en introducir telenovelas de estos dos países (ahora sí, bien subtituladas) en Rumania, y entró rápidamente en el mercado búlgaro. Tras el éxito de la producción india Banoo Main Teri Dulhann (“Tuya para siempre”) en los países de la antigua Cortina de Hierro, las compras a productores turcos se transformaron en asociaciones e inversiones, y pudo comenzar la exportación de productos locales. Serbia, Ucrania y Polonia adquirieron los derechos de retransmisión de Numai iubirea y Rumania dejó de asistir solo como comprador a las grandes citas del mercado mundial, como la Cumbre Mundial de la Industria de la Telenovela y las Series de Ficción de Miami. En 2008, Regina fue ovacionada en su presentación en el mercado de la versión de esa cumbre que se realizó en Buenos Aires y, desde 2011, Inima de tigan y luego Iubire si onoare (“Amor y honor”) han circulado por una decena de países de América Latina.

De las 30 telenovelas extranjeras lanzadas en Rumania desde 2014, apenas nueve fueron producidas en Latinoamérica (incluyendo los canales en español de Estados Unidos). Amores perros, hace siete años, fue la última de las series colombianas en entrar en la programación rumana.

Puede que la causa fuera la moda de las biografías telenoveladas de personajes que poco interesan más allá de las fronteras nacionales. En el resto del mundo, interesan las historias globalizadas, como la de este último caso: empujada por el éxito de Iubire si onoare, Pro tv se lanzó a la creación y posterior distribución de Pariu cu viata (“Apuéstale a la vida”), una telenovela juvenil rodada en Rumania que cuenta la historia del grupo LaLa Band y que dio origen a una gira mundial del grupo y a una obligatoria segunda parte, distribuida desde Italia hasta Puerto Rico y desde México hasta Australia. Sus protagonistas cantan, además de rumano, en inglés y en español, y tal vez sean la última generación en haberlo aprendido en la tele. Entre las canciones que versionan los personajes de Pariu cu viata, hay temas de Ricky Martin y Christina Aguilera, aunque ninguna de ese punk rumano que estoy tarareando en este momento: el coro de la canción de Zob, que dice que a las mamás de sus amigas les gustan las telenovelas, que a las amigas le gustan las telenovelas, que a su novia le gustan las telenovelas, que solo a él, al cantante, pobrecito, no le gustan.

Pero yo creo que esto último no es cierto. A él también tenían que gustarle. En Rumania, a todos les gustaban las telenovelas.

A mí también, y me siguen gustando.

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Ricardo Abdahllah

En 2013, ganó el Concurso Nacional de Cuento de la Universidad de Antioquia con 'El sol es siempre igual'.

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