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Crónica

Más pescao que salsa

¿Cómo es pescar a orillas del Canal de Panamá? La respuesta está en un barrio a la sombra de buques y megaconstrucciones. Una mirada a las tensas costuras de una ciudad que esconde las labores artesanales en hondonadas entre rascacielos. Por allí, en los bordes, la ciudad rica deja ver su alma de pobre.

Fotografía del autor

Miguel Rodríguez Uriola no puede evitar bambolearse al hablar. Ha pasado la mitad de sus 64 años en el mar, y es como si la tierra se le hubiera quedado moviendo. Cuando empezó a navegar tenía catorce. Le tocaba remar por un caño para salir de la ciudad. Contra las olas, con toda la fuerza de sus dos brazos. Ahora, tanto la suya como las otras 39 embarcaciones registradas en Boca La Caja cuentan con motores.

Viene de una faena de seis días en el Pacífico. Está sentado a la entrada del barrio, tomando cerveza. Más de cuatro inundan su sangre. A su lado cuelga un motor de lancha de hélices destartaladas. Y el cascarón de un viejo aire acondicionado que ya no le baja la temperatura a nadie.

Sin dejar caer la botella, hace el gesto de lanzar un trasmallo imaginario y dice:

–Todo esto eran casitas de madera.

Más allá de una fábrica de aceite vegetal, rodeado de edificaciones que se lanzan hasta las nubes, sobrevive uno de los últimos vecindarios de pescadores. Late lento dentro de una urbe de concreto que se expande rápido, en medio de un corregimiento de grandes desarrollos inmobiliarios llamado San Francisco.

Un letrero de cartón y letra temblorosa, ante una loma que se hunde, sirve como única señalización: “Sí hay camarones-3,50 dólar”.

Por las calles de Boca no caben carros. Está al nivel del mar, por debajo del nivel del tráfico. Aunque hay suficientes antenas como para asegurarse de que la señal de televisión no tenga problemas en atravesar la muralla de rascacielos alrededor. Es una llaga en el paisaje de opulencia citadina. Entre sus habitantes, la mayoría de personas deriva su sustento de la pesca, como Miguel. Son los últimos pescadores panameños netamente urbanos. En torno al barrio, la ciudad creció, y esta lo trata como una herida a la que le hace falta sanar. La huella de un pasado pobre.

Los moradores mantienen un largo pulso con el gobierno, con empresarios y políticos. No quieren vender sus terrenos, a menos que les den 4.000 dólares por metro cuadrado. Un avalúo catastral hecho por entidades del Estado reconoció apenas 90 dólares por metro. Agentes inmobiliarios y funcionarios acechan. A veces aparecen para tomar fotos y mediciones que nadie quiere que tomen. Los inversionistas ven una perla allí abajo, entre las conchas de casuchas viejas: tierra sin construir. Quizá los últimos pedazos en el centro de Panamá.

Las gallinas corren entre callejones que se van estrechando. Casas rosadas, aguamarina y zapote se aprietan y forman un laberinto de balcones. Los decoran líneas de ropa colgada. Las direcciones están anotadas en pizarras con tiza. Cinco niños juegan canicas en las grietas del piso. No se puede mirar al cielo sin dejar de ver alguna torre de apartamentos escudando las nubes, detrás de las herrumbrosas láminas de zinc de los techos del primer plano.

–Ahora ha cambiado el sistema. Es mejor. Antes cogías el producto y no había salida. Hace veinticinco o treinta años, te pagaban 10,15 centavos la jornada.

–¿No hay menos peces y más gente pescando?

–Claro... No hay abundancia. Pero hoy el producto está saliendo y vale más. Lo vendes a restaurantes. Lo exportas. A veces la marea está mala –se marca la yugular con la uña más larga–: hay que ir de nuevo. Sin negocio no hay vida.

Los mares de Panamá se llenan de faroles en la noche. Si pudieras observarlos desde el aire, verías lanchas como la de Miguel flotando como pequeños puntos de luz. No muy lejos de los buques y cruceros que parecen edificios acostados en la oscuridad.

Baterías y bombillos son piezas claves para pescar a orillas del canal. Porque si no te ven, cualquiera que haga tránsito entre el Atlántico y el Pacífico te puede llevar por delante. Miguel colgó las lámparas alto, con un palo de bambú. Las olas no lo dejaron de sacudir en las noches. Llovió. Los estallidos de espuma y las ráfagas frías se fundieron en un solo caos. Su faena en altamar fue como sobrevivir dentro de una lavadora de ropa a toda máquina. Se refugió en una cabina de varillas y telón impermeable. Vació agua con un balde. La chaqueta y el pasamontañas se le empaparon. En la mañana se fritó al sol, y cocinó arroz y carne en una estufa de gas. Buscó una ensenada apartada de los carriles de los megabuques, para evitar que la Guarda Costera lo reprendiera.

–El camarón de mar no es como el de criadero. Tú coges una gallina y la puedes amarrar y echarle maíz. Pero en el mar, psss. Agarra un langostino y lo mete allá para ver si no te muerde. El otro, el de criadero, no tiene sabor... no es como el del mar.

–Es decir, tú comes de lo que pescas.

–Hombe, cómo no. Uno se come primero cinco o seis langostinos, antes de vendelo. Son así –se señala la mitad del antebrazo–. Del mar al plato.

Leonardo González, 74 años, pescador. Cuando la marea del Pacífico baja, deja su lancha encallada en el barro, en el muelle de Veracruz.

Miguel muestra el muelle de la Boca en el extremo final del barrio. Dejó su lancha encallada en el lodo, amarrada a un palo. Cuando la marea suba, flotará ahí mismo. Cuatro tipos que no sonríen ni responden saludos trabajan una red en la orilla. Cortan nylon, jalan, tensionan, martillan sobre un tronco. Ponen cara de ¿este infeliz quién es? Una silla de oficina boya entre botellas, latas, bolsas, melenas de escobas y un grupo de botes de tablones corroídos. Allí se localiza una de las cuatro asociaciones de pescadores artesanales registradas en Ciudad de Panamá.

Las entrevistas y el tour se acaban de súbito. Los cortan los manotazos de un joven descamisado y de pelo rapado, con ojos de róbalo congelado. Los tatuajes le trepan al cuello. Una cruz le brilla en el pecho. Salió de la nada. Esta no es zona de turismo.

Amanecer

A las 4:20 a.m., María Vásquez vuelve a la orilla para contar cuántos peces logró atrapar. Todavía no amanece y el mar le sirve de espejo al cardumen de edificios que se alza a su alrededor. Las luces de la costa acarician su bote, que baila en el muelle del Mercado de Mariscos. Es el último de una jornada de descargue. “Ese toro enamorao de la luna”, canta la radio del que recibe su carga.

La morena de 55 años y 17 nietos trae hoy 16 cajas: unas 1.600 libras de carnudos abanicos de colores, listos para el cuchillo y la olla.

–¿Querías más?

–Mamá, dijiste que eran como 40 canastas –le responde Carlito Guzmán, su distribuidor de confianza.

–Si estoy trayendo y tú estás vendiendo y vendiendo... por eso es que no las ves.

Su esposo Abraham, de 67 años, la espera en casa. Está retirado. El hijo de ambos, Abraham también, de 18 y flaco como una caña, es quien sale ahora a batirse en el mar. La mujer anota todo en una libretica, mientras el hijo se ensucia las manos. Por la forma en que se amarra la pañoleta de ondas blancas, María parece más una gitana que una marinera. “Get ready, it’s time to fly”, dice un estampado tornasolado en su camiseta. Juntos suman al registro oficial de más de 1.800 pescadores a orillas del Canal de Panamá.

Abraham hijo comenzó su última tarea del día desplegando los pescados como cartas de póker en una mesa de madera. Clasificó así los frutos recolectados en tres días y tres noches en el océano Pacífico.

Las luces de algún vehículo aparecen en el horizonte cada diez o quince minutos. Un brillo oscilante, de faro, recorre las caras. Esta es quizá la única hora en que la movilidad funciona. No hay trancones. Los pocos carros pueden transitar como peces en el agua. Media ciudad sigue inmersa en la profundidad del sueño. Aquí, la faena empezó a las doce de la noche y apenas va por la mitad.

Megahoteles, megabancos, mega centros comerciales, mega conjuntos residenciales dominan el panorama. Tanto, que ya casi no dejan espacio para los pescadores. En los rincones, a la fuerza, hacen su vida las familias que alimentan con su labor anónima esta plaza con alma de pulpo. Los que ponen las delicias del mar en los platos de los turistas hacen su trabajo a espaldas de la gran fachada.

El reguero de cajas, tanques, mesas y básculas artesanales conforma una especie de arrecife que invade más de un carril de la vía. El mercado es un punto de inflexión en la avenida Balboa, la frontera entre el Casco Viejo y la Panamá moderna.

La báscula de Carlito es la primera viniendo desde la orilla de la Cinta Costera, a unos 80 metros. Asoma como una península en una esquina de la calle. Detrás hay muchas balanzas más. Son 70 puestos de venta que se desparraman hacia los alrededores del principal centro de acopio pesquero de Panamá. El país debe su nombre a un vocablo indígena que significa “abundancia de peces y mariposas”. Parece injusta la omisión de pelícanos y gallinazos en la definición, teniendo en cuenta el batallón alado que vigila desde los techos el ajetreo de la parte trasera del mercado.

Compradores, pescadores y mayoristas extienden un carnaval de gritos y risotadas por unas dos cuadras de piso mojado, debajo de un puente de grafitis desteñidos. En las esquinas se alinean camiones cargados de mar congelado.

Una cadena de oro le divide el cuello y la espalda a Carlito. Con 38 años, calvo y corpulento, cualquiera podría tomarlo por una Tortuga Ninja caribeña; quizá Donatello. Empieza la negociación, el tira y afloje con María. Los precios varían según la abundancia del día. Hoy pagará 1,25 dólar por libra de sierra, y un dólar por libra de cojinúa, lo que más le ha llegado. En Panamá todos cuentan los dólares en singular y pocos usan la moneda local, el balboa, al que apodan “el Martinelli”, en franca conmemoración del presidente que salió con el invento. Ahmed, el hermano menor de Carlito, se encarga de la contabilidad y el manejo del dinero. Es igual pero más alto, con un caparazón más ancho, vestido de rojo y con cara de haber pasado la noche en vela por una rumba de vecinos a la que no lo invitaron. Vendría siendo Rafael.

–Esto es un negocio de familia. Lo comenzó mi tío. Todos somos pescadores. Tenemos doce embarcaciones. Le vendemos al que nos compre.

5:00 a.m. Las luces de carros y camiones se hacen más frecuentes, y sus pitos más cercanos. Emma del Mar es una de las compradoras en el mercado. Camina entre cestos con bolsas en las manos. Sus dos hijas, Justine y Ayelis, toman café con leche al borde de la calle. Se ríen con el viejo que se los vendió. Él empuja un carrito de mercado con siete termos. Solo le quedan dos colmillos. Tenazas babosas asoman cuando habla, como si un cangrejo viviera atrapado en su boca. Les cobró un cuarto de dólar por cada vaso a las niñas de diez y doce años.

Las acompaña su papá, Agustín Menacho. Él pidió uno “bien fuerte, bien bien negro”. Trabaja en construcción; levanta paredes en edificios. Su esposa Emma fríe pescados y los vende en su casa, en el barrio 24 de Diciembre, por seis dólar. “Un plato de marisco mixto, pescado, patacón. A eso se le gana”, dice. Ella compró siete dólar de corvina y él un filete de róbalo para prepararlo al almuerzo.

La pareja encarna dos actividades productivas que contrastan en el pib de Panamá. La construcción es el sector de mayor crecimiento. Se acerca a tener un peso del 15% en la economía nacional y mueve más de 9.000 millones de dólares al año. La pesca, en cambio, viene en caída libre. Pasó de representar un 3% del pib en 2003, a un 0,4% en 2016. Son unos 350 millones de dólares al año, sumando la artesanal y la industrial.

A Emma y Agustín eso los tiene sin cuidado. Solo están preocupados por los 50 minutos, o más, que les va a tomar llegar hasta su casa en carro. Sobre todo si se siguen demorando más de lo debido por estar respondiendo entrevistas en la calle.

5:20 a.m. “¡Aquí les tengo pa’ los pobre, pa’ los humildes, pa’ limpiar!”, grita un indígena de camisilla y gorro de nieve, en el que se lee “Jordan 23”. Los vehículos forman ya un río de bocinas y rugidos de motores.

Con una mano extiende el pescado, con la otra lo raspa, igual que un salsero atacando una guacharaca en una orquesta. Va apilando las corvinas limpias en una mesa, en pleno carril derecho de la vía. A los carros solo les queda el izquierdo. Una brisa sacude todo cuando pasan acelerando. “No estacione aquí”, dice la pared a su espalda.

“Trabajamos en medio del peligro. Qué tal venga un loco y ¡pum! Puro terrorista es el que trabaja aquí”. Se identifica como Alcibíades “Escarbante”. Viene de la isla de Ailigandí, donde está su comunidad, Guna Yala. Mete en una bolsa los once pescados que raspó por 1,60 dólar. Los deja listos “para que lo meta en su plato de comida ya”. Les quita el buche. Con los desperdicios prepara medicina contra el cáncer.

Panamá tiene más pescao que salsa. La cubre una capa fina, la de las postales, la tierra de ensueño que parió al salsero Rubén Blades. Debajo hay mucha más carne. Y, excepto en los muelles, el reguetón suena más que cualquier otra cosa.

En los últimos años, se ha desembarcado en el país un promedio anual de 250.000 toneladas de pescado. Sumando anchovetas, arenques, orquetas, atún, tiburón, langostinos, carabalí y fidel, de la pesca industrial, con pargos, sierras, corvinas, cojinúas, camarones, pulpos y cangrejos, de la artesanal. Esto es lo que consta en los censos de la Contraloría General, pero hay mucho que se queda por fuera, sin reportar.

“En la cocina, en los restaurantes, es que es caro. Aquí es barato. P’al pescador es barato. Revendiéndolos es que va saliendo eso”. María Vásquez sabe que sus sierras serán cada vez más caras, en la medida en que se alejen del fondo del mar. Son más largas y gruesas que bates de béisbol.

6:00 a.m. Los carros alrededor se van haciendo lentos. La noche y su ajetreo se escurren en las manos de la cotidianidad y sus trancones. Panamá no solo disfruta de dos mares, también de dos soles; uno emerge del Pacífico y el otro se enciende en las fachadas de sus rascacielos. Una camioneta con insignias del Servicio de Protección Institucional (spi) lanza un llamado con un megáfono: “¡Ubíquese donde no comprometa la seguridad de los demás!”. Los agentes del spi decretan el fin de la jornada a las 6:30 a.m. Cuando llega la mañana y la luna se escapa del mar. Los oficiales retiran a los pescadores de la vía, corren básculas y mesas hacia adentro de los puestos de venta. Los pelícanos se bajan de los techos a darse un festín con los restos en el piso. Rojo y dorado estallan en las nubes.

Se levanta la persiana metálica del primer restaurante en la plaza, en la cara frontal del mercado, la que da al mar. La brisa mañanera saluda a los corredores de trusas fosforescentes que empiezan a llegar. Las palmeras se menean coquetas con el arpegio acústico de otro clásico de los abuelos, de los pescadores. “Toditas las noches cariñito me la paso en vela mi amor... en ti pensando... y por ti sufriendo”.

La radio no ha dejado de sonar en el local de Carlito. De este lado toma el nombre de Econofish. Por 15 dólar sirven un pargo frito, crocante. El precio no incluye la disputa de tierras que libran sus productores contra las grandes constructoras, ni la tensión con las autoridades por ocupar el espacio público en las madrugadas. Lo que sí trae es patacones y ensalada de lechuga. Lo demás no le importa a nadie.

Captura

Nos regresamos a toda prisa por los callejones. El joven tatuado nos escolta a través de un pasillo de malas caras.

–Muchachos, ustedes son sabios –dice–. Si van a hablar algo háblenlo allá arriba. Nada de estar tomando fotos por aquí. Salgan.

Lo dice con ese cierto tono que nadie rechaza. Mientras camina, su boca y sus ojos temblorosos, pero nunca cerrados, recuerdan ahora a un barbul agonizante, recién sacado. Mira hacia atrás, a los lados, hacia atrás de nuevo.

En Boca La Caja pueden verse dos ciudades en una. Muchos prefieren una Panamá de criadero, no la de mar. Una incubada en el poscapitalismo, rebosante de inversiones de extranjeros evasores de impuestos y sociedades de papel. Una que huela a perfume del primer mundo y no a pescado del tercero. Una que no muerda.

El barrio está clasificado por las autoridades como zona roja. De poco sirve decir a los lugareños que eres periodista o lo que sea. El pescador Miguel, sin embargo, no ve problema en seguir hablando en el borde de la loma. Se sienta en un andén en el filo de la Boca, con otra botella como ancla. Hasta que otra voz sube el volumen de la advertencia.

–Hey, ¡saca ya a esos manes de aquí!

El grito lo lanza un joven de gorra negra y un candado de barba crespa. Se para detrás de un carro. Sus manos no se ven. Solo asoman el pecho, los brazos y hombros, fibrosos y tensionados. Mantiene la boca abierta. Mira fijo, sin parpadear. Es como si una versión seria de Mario-Balotelli-celebrando-un-gol-con-rabia se hubiera fijado en ti. Alguien más nos apunta con un dedo de arpón. Miguel calla y de un manotazo indica que nos larguemos. Ya no hay caso, es hora de irse.

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*Esta crónica se realizó en el marco del taller "Contar la ciudad" dirigido por Cristian Alarcón y fue organizado por la FNPI y el colectivo Concolón.

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Iván Bernal Marín

(Barranquilla, 1984). Periodista con especialización en filosofía. Fue editor general de El Heraldo y actualmente escribe para el portal argentino Infobae. Ha ganado dos veces el premio de la revista Semana al periodismo regional.

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