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El Malpensante

Columna

¿Me corta un brazo, por favor?

Injertos, amputaciones, deformidades autoinflingidas, cirugías estéticas... El cuerpo humano se ha convertido en objeto de la más amplia y extraña variedad de intervenciones.

Caim Tubal, tatuador colombiano • ©Cortesía de fotojaramillo.com.


Apotemnofilia es una palabra tan rara y tan fea que nadie en su sano juicio titularía con ella. Casi que nadie en su sano juicio hablaría de ella; pero aquello que designa existe, y es misterioso, delicado y nada agradable.

Hace por lo menos diez años escribí sobre la apotemnofilia para una revista femenina y esa nota tuvo una repercusión, científicamente estimada por mí, de -0. El menos del resultado es porque hasta a mí se me olvidó lo que había escrito, pero el asunto iba sobre estas personas físicamente sanas que anhelan fervientemente amputarse una extremidad: un brazo o una pierna, un dedito los más timoratos. Es una especie de deporte extremo mental que de hecho ya no se considera una parafilia sino un trastorno de nombre largo que no tengo intención de repetir, y que en ocasiones pasa del pensamiento a la acción, o mejor dicho al muñón. Así es, algunos “aspirantes” llegan a tomar una sierra y se provocan una gangrena que les puede dejar al borde de la muerte: tal es la fuerza de su deseo.

 

Hace poco me topé con una nota de Marta Peirano sobre esta condición tan particular y sobre lo macabro que suena, y con unas fotos de un tal Caín o Caim Tubal, un tatuador colombiano que, en fin, parece ser algo así como una carátula de disco metalero viviente, y me dieron ganas de volver sobre estas aparentes monstruosidades –que son finalmente las más simples, las más transparentes– porque nos obligan a formular una pregunta que es vital para una larga serie de temas: ¿de quién es mi cuerpo, y quién decide qué puedo hacer con él?

Los anónimos aspirantes a cercenados son anónimos porque, bueno, la gente te mira raro si andas salivando con catálogos de motosierras y esas cosas; y son solo aspirantes, la mayoría, porque como ustedes comprenderán deshacerse de una pierna no es lo mismo que reservar hora para tatuarse una mariposa en el hombro. Los médicos en todo el mundo se niegan a cortar una extremidad sana, y los que reciben una petición de ese tipo probablemente pidan una consulta psiquiátrica para el paciente y una filosófica para ellos.

Porque no es tan simple descartar como cabras del monte a los fans de las amputaciones. Para empezar, nos suena familiar el modo en que se expresan acerca de su padecimiento: no se sienten cómodos con su cuerpo, dicen; sufren porque se “ven” como amputados y por lo tanto se perciben atrapados en un cuerpo que no corresponde con su ser. Lo mismo han establecido las personas transexuales, y ya hemos aceptado sus razones: ¿por qué si alguien siente como mujer, se reconoce y se piensa como mujer, y solo puede realizarse como mujer, debe vivir en un cuerpo de hombre? No parece justo.

 Una oposición muy instintiva pero carente de lógica diría que “esto no es natural”, y donde dice natural se tenderá a leer normal. Pero nos engañamos constantemente diciendo que lo mejor siempre es lo más natural, cuando a cada momento utilizamos artefactos o aplicamos ideas que nada tienen de naturales. ¿Ir a la escuela es natural? Pues lo hacemos precisamente para modificar nuestras conexiones neuronales. ¿Descubrir una vacuna para erradicar una enfermedad está dentro de los planes del mundo natural? Esto podría ser interminable.

La rareza y la normalidad son categorías puramente estadísticas, no naturales ni sempiternas. Es muy obvio pero se nos olvida, así que hay que decirlo muchas veces: las ideas prevalecientes sobre lo que humanamente está bien o está mal no cambian tanto, pero la apreciación sobre lo que es normal en una sociedad lo hace mucho más. En China, durante siglos fue normal que las mujeres de clase alta –pero no solo ellas– tuviesen los pies horriblemente deformados y caminaran con dolor desde los cinco años y por el resto de sus vidas a raíz del vendaje de los pies para atrofiar su crecimiento, por la extendida creencia de que los pies diminutos eran un atributo sexual importante a la hora de encontrar marido. Como todo el mundo, yo había oído hablar de este asunto de los piececitos, pero no fue hasta que leí una detallada descripción del proceso en China, una nueva historia, de John King Fairbank, que calibré el estremecimiento: no es solo que los pies así tratados efectivamente se quedaran pequeños –unas masitas de carne casi triangulares–, sino que las mujeres debían apoyarse en las paredes y sentarse con mucha frecuencia porque simplemente no tenían la fuerza suficiente y el dolor no se iba después de un rato o después de un tiempo: el dolor, escúchenme bien, jamás se iba.

Cualquiera puede entender –ahora– que aquello era una crueldad, pero hay otros casos de modificación o alteración del cuerpo en que es más difícil formarse un juicio. ¿La diferencia entre amputar un miembro sano y una cirugía estética no es únicamente de grado? Si la persona se siente cómoda así, si no le hace daño, si ese es su ideal de belleza, si realmente sufre por esta obsesión no resuelta, si está dispuesta a vivir con una condición que se considera una discapacidad, ¿por qué negarle su extraña felicidad?

Estas no son preguntas retóricas, son preguntas. Dudo, y mi instinto es de rechazo y de alivio por no tener que argumentar a favor o en contra de esta materia en ninguna corte. En todo caso, no veo una diferencia radical entre quienes quieren tener un solo brazo y esa obsesión enfermiza que vimos en Michael Jackson, en Jocelyn Wildenstein, una millonaria que se operó para quedar parecida a una gata (hórrida), o en Cindy Jackson, la inglesa del “experimento Barbie”, cuyos cambios físicos no naturales pueden verse paso a paso en Internet y que, como supondrán, fue una mujer y ahora es apenas una muñeca envejecida. (Por lo demás, ¿puede haber un récord más vulgar que estar en el Guinness como la persona que se ha hecho más cirugías estéticas en el mundo? Esta sí es una pregunta retórica.)

Los pies vendados, una amputación voluntaria, el cambio de rasgos o los cuernos de silicona de Caim Tubal son todas intervenciones médicamente innecesarias que pueden resultar fatales pero que en distintas épocas aceptamos por distintas razones: por sometimiento, por un ideal contemporáneo de belleza o como gesto de reafirmación de la voluntad. Quizás hoy para mucha gente lo único tangible y propio que sienten que les queda sea su cuerpo, y eso es lo que utilizan en su desconsolada búsqueda de una identidad.

Esperaré a ver qué pienso dentro de diez años; esperaré a ver si esto me sigue pareciendo tan triste: en el sitio de Cindy Jackson, su madre, citada al final de una larga serie de comentarios en su mayoría elogiosos de periodistas, cirujanos y presentadores de televisión, dice acerca de la apabullante transformación de su hija: “Yo la encontraba linda como era antes”.

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Andrea Palet

Dirige el Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales. Tiene una editorial que se llama Libros del Laurel

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