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El Malpensante

Política

Después de Trump

Traducción de Santiago Villalba y Viviana Castiblanco

Por estos días se celebra el primer aniversario del grotesco Donald Trump como presidente de los Estados Unidos. ¿Cómo es que llegó y por qué aún no se ha ido?  Rich, el célebre analista responde: entendimos todo mal. El trumpismo precede por mucho a su homónimo y sobrevivirá, tal vez incluso con mejor salud, después de él.

Ilustración de Roger Ycaza

Para muchos estadounidenses, si no la mayoría, el único placer que genera la presidencia de Donald Trump es imaginar su prematura expulsión de la Casa Blanca, vía destitución o Enmienda 25, elijan su veneno. En mi escenario ideal, ubico a Trump en el cronograma de dimisión de Richard Nixon por el escándalo de Watergate, huyendo al fastuoso resort Mar-a-Lago en este mes de agosto, mientras los sabuesos federales lo acorralan a él, a su hijo o a su yerno (o a los tres), y el régimen colaboracionista de su partido en el Congreso finalmente se amotina para enfrentar lo que bien podría ser una apocalíptica jornada electoral en 2018.

Se dice que, en privado, Steve Bannon le dio a Trump apenas un 30% de posibilidades de terminar el mandato, incluso antes de que el director del FNI, Robert Mueller, lanzara sus primeras acusaciones (Bannon negó haber dicho esto). Existen, además, nuevos indicios de que la fecha de vencimiento de Trump se acerca, desde la contundente victoria demócrata en Virginia y Nueva Jersey, el 7 de noviembre de 2017, hasta el épico fracaso del Congreso dominado por los republicanos para lograr cualquier cosa. Pero todavía no es hora de celebrar. Una vez se vaya Trump –cuando y como sea que lo haga–, ¿qué sigue? El liberalismo tiene un punto ciego persistente: subestima la capacidad de restauración del trumpismo que, si la historia sirve de guía, podrá sobrevivir fácilmente a la ruptura del Partido Republicano y a la implosión de la presidencia Trump. Ya sea que este permanezca en el cargo otras tres semanas, tres años o siete años, nuestros problemas no acabarán cuando se haya ido. Más bien, pueden empeorar. Y con “empeorar” no me refiero a la llegada de Mike Pence, herramienta de los hermanos Koch a la que tanto temen los liberales porque podría doblegar a los Estados Unidos con mayor eficiencia que su jefe; si, tras el colapso de Trump, Pence ascendiera a la Presidencia sin ser elegido, brotarían aún más escándalos: los republicanos del Congreso lucharían por su vida política, la economía se estremecería y Washington caería por defecto en un falso bipartidismo, según el cual “nuestra-larga-pesadilla-nacional” se pospone hasta las siguientes elecciones. A diferencia de Gerald Ford, es posible que Pence ni siquiera completara un período como encargado temporal, dada su propia vulnerabilidad a los cargos por obstrucción a la justicia.

Lo que de verdad debería preocuparnos, en cambio, es la extraordinaria capacidad de resistencia de los electores estadounidenses que ponen a estos tipos en el poder; sin importar el destino de la administra ción actual, ellos están dispuestos a jugar hasta el final. El trumpismo antecede a Trump y a Pence por décadas; es una fuerza más poderosa, persistente y aterradora que cualquiera de los dos. Trump lo entendió a las malas, cuando Roy Moore, el candidato más trumpista –fanático de las armas, extremista, chiflado y presunto agresor sexual–, ganó en las primarias republicanas de Alabama para el Senado por encima del candidato de Mitch McConnell, el típico derechista al que Trump, equivocada e impulsivamente, decidió respaldar. La ira tóxica que define al trumpismo –una furia dirigida tanto a las élites culturales y económicas de ambos partidos políticos, como a las minorías y a los inmigrantes– seguirá creciendo, más oscura y feroz, una vez su actual inspirador deje el cargo, sin importar cómo lo haga. Si Trump sale de forma obligada, sus seguidores lo convertirán en un mártir, en víctima de un golpe perpetrado por los sinvergüenzas de las “noticias falsas” y por el pantano burocrático de Washington. Si llegara completar uno o dos períodos, su base electoral seguirá furiosa, pues no habrá podido cumplir sus espléndidas promesas, desde la recuperación de la industria manufacturera de los estados del cinturón industrial hasta la construcción del muro con México. Sus votantes no le atribuirán a él ese fracaso, sino a las mismas criaturas del pantano que responsabilizarían si fuere expulsado del cargo. De hecho, ya están culpando a lo que Bannon y sus aliados denominan “el complejo industrial McConnell” del desmoronamiento del programa para eliminar y reemplazar el Obamacare, y otras promesas rotas de Trump.

El populismo nacionalista de derecha no es nuevo en Estados Unidos. La línea genealógica de Trump y de sus antepasados inmediatos, Sarah Palin y el Tea Party, se remonta, por lo menos, a los últimos años de la Gran Depresión, cuando el padre Charles Coughlin, un cura de radio, demagogo y antisemita, se volvió contra el New Deal de Roosevelt y acusó a los “cambistas judíos” de maquinar una conspiración internacional para expoliar a su rebaño de la clase obrera. El movimiento regresó con determinación una vez se impuso la revolución de los derechos civiles en 1960. En 1963, el columnista económico Eliot Janeway apuntó que los obreros podrían contragolpear a los nuevos competidores negros que estaban entrando al decreciente mercado laboral, de ahí surgió el término “contragolpe” [backlash]. Ese rencor atravesó las ilusas campañas presidenciales de Pat Buchanan, el exasistente de Nixon, desde 1992 hasta el 2000; la de Ross Perot en 1992; y muy especialmente las cuatro campañas del entonces gobernador de Alabama, el segregacionista George Wallace, entre 1964 y 1976.

Además de un núcleo similar de lamentos, estas campañas tuvieron en común la derrota de todos los candidatos en las elecciones nacionales, sin importar qué bandera ondeaban. Al igual que Trump, ellos y sus electores se identificaban alternativamente como demócratas, republicanos e independientes. Sin embargo, el inesperado triunfo de Trump en 2016, que reclamaba el Despacho Oval para el populismo nacionalista de derecha sin vergüenza alguna, cambió el curso de la historia. Que Trump se haya apropiado de la Presidencia y de uno de los grandes partidos políticos hace muy poco probable que sus adeptos sigan el patrón de sus abatidos antecesores, que tuvieron que retirarse a lamerse las heridas y reagruparse en las sombras tras sus derrotas electorales.

Cuando Jeff Flake, el autoproclamado conservador antitrumpista de Arizona “a lo Barry Goldwater”, anunció que dejaría el Senado, le dijo a Jake Tapper de CNN: “Creo que esta fiebre se propagará”. Ojalá fuera cierto. Tras cada derrota del trumpismo durante la prehistoria del movimiento, el resto del país se reconfortaba con la idea de que esa minoría problemática había sido derrotada. Pero aquellos extremistas no son solo una veta aberrante. Esa porción de Estados Unidos, ahora revitalizada y empoderada al conseguir, por primera vez, colocar un tribuno en la Casa Blanca, es un movimiento de masas permanente que se ha mantenido estable en tamaño y fijo en sus creencias por más de medio siglo. ¿De qué tamaño es esa masa? A grandes rasgos, los trumpistas abarcan casi un tercio del país, que jamás ha vacilado en apoyar la presidencia Trump. Incluso una estimación por lo bajo arrojaría como resultado la cuarta parte de la nación que seguía a favor de Nixon, el héroe de Trump, quien renunció a la Presidencia antes de conseguir una condena casi segura en un juicio de destitución.

Ahora que los trumpistas han saboreado el verdadero poder de la rama ejecutiva, están sedientos de más. El mes pasado, en vísperas del estreno de su programa en horario estelar, Laura Ingraham –nueva presentadora pro Trump en la cadena Fox News de Rupert Murdoch– dijo deliberadamente al New York Times que, si bien Trump es “invaluable” como “cabeza titular del movimiento”, el propósito del trumpismo “es el movimiento”. Bannon ha llamado a Trump “un instrumento contundente para nosotros”. Instrumentos más finos –demagogos más inteligentes y astutos que la cabeza actual del movimiento– pueden estar ya preparándose a la sombra.

 

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A partir del 8 de noviembre de 2016, las explicaciones de los demócratas en What Happened –el libro de Hillary Clinton sobre su experiencia como candidata demócrata en las elecciones de 2016– se han convertido en una letanía liberal de “si tan solo...”. Si tan solo Clinton hubiera pasado más tiempo en los tres estados donde perdió por un total de 78.000 votos... Si tan solo James Comey se hubiera callado... Si tan solo los demócratas hubieran cantado “Kumbayá” con los palurdos de la elegía de J. D. Vance, en vez de preocuparse por los baños transgénero... Un año de mucha charla y poca acción ha empañado la realidad primordial de que Trump también merece crédito por su victoria: él movilizó a los estadounidenses que quieren ver arder un sistema que, consideran, los ha traicionado; y, gracias a un empujón de los rusos, sumado al insólito sistema de cálculo del Colegio Electoral, logró llevarlos a la tierra prometida.

Para apreciar la tenacidad y la firme constancia política del trumpismo, la historia de George Wallace es el texto clave. Poco después de que Trump se lanzara a la candidatura en 2015, los comentaristas empezaron a señalar las sorprendentes similitudes entre él y su antecesor sureño. Así como el camino de Trump hacia la política presidencial estuvo lubricado por el birtherism –un movimiento que asegura que Obama nació en Kenia, no en Hawái–, Wallace, exhibiéndose ante las cámaras de televisión mientras intentaba impedir que los estudiantes negros asistieran a la Universidad de Alabama en 1963, jugó la carta de la raza para robarse el protagonismo nacional. Los seguidores de Trump se activaron por el racismo, pero se quedaron por el nacionalismo y el populismo; lo mismo les sucedió a los de Wallace, cuya campaña presidencial tenía como eslogan “Stand up for America” (“Levántate por América”). Wallace arremetía contra los “profesores intelectualoides”, los “asquerosos ricos de Wall Street” y los “burócratas de maletín” de Washington, mientras apoyaba grandes programas del gobierno, como la seguridad social y el Medicare, que beneficiaban a su base electoral. De nuevo anticipando a Trump, acusó a ambos partidos de ser intercambiables, mientras se rehusaba a ofrecer algo más que rabia y quejas como alternativa. Wallace estaba “interesado en explotar los problemas, no en resolverlos”, como lo dijo el Times en 1972. “No tiene políticas reales, planes ni plataformas”, observó el periodista Kirkpatrick Sale, y con perspicacia agregó: “Nadie los espera de él”. Wallace perdió todas sus cruzadas contra el gobierno federal, incluyendo su batalla principal contra la desegregación, lo cual tampoco sorprendió a sus seguidores. “Lo que importa es que él luchó y lo sigue haciendo”, escribió Marshall Frady, su biógrafo.

Lo que sí tenía Wallace era una personalidad carismática y pendenciera. Le gustaba hostigar a los manifestantes e incitar a la violencia contra ellos en escandalosas concentraciones, como en aquella marcha de 1968 en Madison Square Garden, donde lo apoyaron miembros visitantes de movimientos precursores de la alt-right, o derecha alternativa –como el Ku Klux Klan y el Partido Nazi Estadounidense–. En su estudio canónico de 1995 sobre Wallace, The Politics of Rage [“La política de la rabia”], el historiador Dan T. Carter describe sus discursos como “increíblemente desarticulados, por momentos incoherentes y siempre repetitivos”, pero agrega que “sus seguidores se deleitaban con el show” y “nunca se cansaban de escuchar las mismas frases una y otra vez”. Como Trump, Wallace conocía a su audiencia. Su “genialidad” estaba “en su habilidad para llevar el conservadurismo tradicional a un lenguaje telúrico”, en lugar de usar la jerga de los republicanos como Goldwater, que “parloteaba cómodas perogrulladas de terraza de club campestre”. Wallace también fue hábil para “manipular constantemente la obsesión de la televisión por la acción visible, las confrontaciones dramáticas y los efectos sonoros de alto impacto”. El editor de The Nation se quejó de que “sin ninguna preferencia consciente, las cámaras de televisión se enfocaban en él de manera automática”.

Los críticos liberales y conservadores se referían a Wallace de la misma forma en que se refieren a Trump. En The New Republic, Richard Strout evocó al Berlín de 1930 y llamó a Wallace “el demagogo más capaz de nuestro tiempo”. El National Review de William F. Buckley, anticipando el NeverTrumpism de 2016 –un movimiento impulsado por algunos republicanos y conservadores prominentes para evitar la candidatura de Donald Trump–, denunció el populismo de Wallace como “el opuesto radical del conservadurismo” y advirtió que este podría “envenenar la fuente moral de su fortaleza”. La prensa política, como era de esperarse, subestimó el atractivo vulgar del intruso desde un principio. El Times relegó el anuncio de su candidatura de 1964 a un recuadro en la página 76. Las cadenas televisivas no lo cubrieron en absoluto.

La historia es escrita por los vencedores. Algunos, comparando a Trump con Wallace en su campaña para las elecciones de 2016, asumieron que perdería, en parte, porque Wallace perdió. Como lo pone un artículo de Politico, Wallace “nunca estuvo ni cerca de ganar la nominación presidencial de su partido; entonces, si el pasado nos sirve de prólogo, no deberíamos esperar que Trump lleve los colores del Grand Old Party a la Convención Republicana”. Pero ese no era el caso. Wallace, de hecho, estuvo más cerca de ganar la nominación de su partido –el Demócrata– de lo que hoy se recuerda. Su carrera presidencial debió indicar la posibilidad, aun remota, que tenía Trump de lograr la victoria en 2016 y no servir como vaticinio de una derrota segura. Lo que le impidió ganar a Wallace no fue el veredicto de los electores, sino un intento de asesinato que lo derribó en el punto más álgido de las elecciones primarias de 1972. Si su salud y su carrera no se hubieran quebrado en ese momento, podría haber negociado el tiquete como presidenciable en un partido importante y quizá ganarse de inmediato la nominación, más de cuarenta años antes de que Trump lo consiguiera. Y lo habría hecho prácticamente con la misma amalgama de problemas y prejuicios que Trump, y con votantes que con frecuencia recuerdan, en términos geográficos y demográficos, a los de su base electoral de 2016.

Wallace “fue el perdedor más influyente en la política del siglo xx”, escribió Carter en 1998; esto era cierto en ese momento, tres años antes de la muerte de Wallace, y hoy lo es aún más. Hasta que el asesino en potencia, Arthur Bremer, acribilló a Wallace a balazos en una estación de campaña en Maryland, Nixon temía tanto la amenaza inminente que representaba Wallace para su reelección que intentó desestabilizarlo como medida preventiva y, secretamente, aportó 400.000 dólares a su oponente en las primarias demócratas para la Gobernación de Alabama en 1970. (El truco sucio falló.) Tanto en 1968 como en 1972, con el hostigador racial Spiro Agnew a bordo como candidato a vicepresidente, Nixon trabajó duro para llevar en masa a los desencantados demócratas blancos de Wallace al GOP [Grand Old Party, sobrenombre del Partido Republicano], complaciendo sus resentimientos raciales y culturales con respetables palabras clave (“la mayoría silenciosa”, “la ley y el orden”) en lugar de vociferar como Wallace, que exigía con claridad “¡segregación para siempre!”.

El temor de Nixon por la destreza política de Wallace no estaba impulsado por la paranoia, sino por números concretos. Lo que hemos olvidado acerca de la primera y desafortunada campaña presidencial de Wallace –en la que como demócrata retó al entonces muy popular Lyndon B. Johnson (LBJ) en las primarias de 1964– es su buen desempeño en los tres estados al norte del sur racista (Wisconsin, Indiana y Maryland), derrotando a los favoritos locales que representaban los intereses de LBJ, quien, como presidente en ejercicio, no participaba en las votaciones primarias. En Maryland, el sustituto de LBJ, el senador demócrata de turno Daniel Brewster, acusó a Wallace de “mentiroso profesional, fanático y dictador en potencia; un enemigo definitivo de la Constitución de los Estados Unidos”. Sin embargo, Wallace obtuvo el 43% de los votos demócratas (contra el 53% de Brewster) y ganó en 15 de los 23 condados, con una participación récord para una primaria estatal. En Wisconsin, donde obtuvo el 34% de los votos demócratas primarios, Wallace anticipó la actuación de Trump en 2016, conquistando en el estado natal del patrono progresista san Robert La Follette a los metalúrgicos blancos de Milwaukee, a los habitantes de los suburbios y a los votantes rurales de la región de Joe McCarthy. Esta seguidilla de triunfos llevó a LBJ a comisionar una encuesta confidencial y detallada sobre las primarias de Maryland, y a observar más de cerca las encuestas de Indiana y Wisconsin. Los números le indicaron que el contraflujo impulsado por la insurgencia de Wallace era una “una amenaza en potencia”, si no ya una “real”.

Wallace logró algo más notable cuatro años después: clasificó para las votaciones en todos los 50 estados como independiente, con el aval del Partido Independiente Estadounidense. Su capacidad para recaudar fondos sería otra premonición temprana de Trump: aunque recibía contribuciones de cinco y diez dólares por parte de sus electores populistas, también consiguió jugosos cheques de algunos plutócratas de derecha: el potentado petrolero de Texas, H. L. Hunt; Roger Milliken, magnate de la industria textil en Carolina del Sur y leal a la John Birch Society; la estrella de Hollywood, John Wayne; y el titán de Kentucky Fried Chicken, “el Coronel” Harland Sanders. En la tumultuosa contienda a tres bandos en 1968, Wallace terminó con apenas 46 votos en los colegios electorales, aunque este resultado no hace justicia a su fortaleza. Ganó en Dixie (como se le llama al sur de los Estados Unidos), cuatro estados que alguna vez fueron demócratas, pero que Goldwater, a fuerza de su oposición a la Ley de Derechos Civiles, les había arrebatado a favor del GOP cuatro años antes. En los estados fronterizos de Carolina del Norte y Tennessee, Wallace venció al candidato demócrata Hubert Humphrey y terminó muy cerca de Nixon; por poco logra evitar el caos total en el Colegio Electoral y el conflicto racial. “De haber ganado Wallace alguno de estos estados”, escribe Carter, “un cambio de Nixon a Humphrey de menos del 1% en la votación en Nueva Jersey u Ohio habría mandado la elección a la Cámara de Representantes”.

Al lanzarse una vez más como demócrata en 1972, Wallace se había convertido en una amenaza política para la clase dirigente del partido, hasta que el ataque de Bremer le rompió la columna. A pesar de que el Comité Nacional Demócrata procuró distanciarse de su campaña e intentó forzarlo a firmar un juramento de lealtad –el mismo que Reince Priebus y el Comité Nacional Republicano intentarían imponer más tarde a Trump–, él siguió acumulando victorias. De las catorce primarias que emitieron votos para cuando fue atacado, a mediados de mayo, Wallace ganó cinco y quedó en segundo lugar en otras cinco. Entre sus triunfos estaba Michigan, en donde sus votantes serían rebautizados como “demócratas de Reagan” en el barrido republicano de 1980 –los antepasados, quizás, de los 11.000 electores que pusieron a Trump en la cima de ese estado el año pasado–. El total de delegados de Wallace en 1972 fue disminuido –su operación, como la de Trump, era confusa en medio de las reglas bizantinas del partido–, pero habría sido difícil para la jerarquía del partido aplacar el apoyo que obtuvo de los votantes demócratas durante esa convención de verano. Antes de ser marginado, Wallace ganó 3,3 millones de votos demócratas, contra 2,6 millones de Humphrey y 2,2 millones del último candidato, George McGovern. Aún cuatro años después, ya reducido a una silla de ruedas, Wallace estuvo a cuatro puntos porcentuales de superar a Jimmy Carter en las primarias demócratas de Florida. Quizás solo un gobernador sureño podría haberlo vencido.

Ha sido un artículo de fe estadounidense, por más de medio siglo, que el asesinato de John F. Kennedy, en 1963, fue el golpe inesperado que alteró el destino del país y lo arrojó a un abismo del cual todavía está intentado salir. Pero también puede argumentarse que Bremer, indirectamente, tuvo un impacto histórico equivalente al de Lee Harvey Oswald, pues dio a los Estados Unidos una falsa sensación de seguridad, cuyo precio está pagando después de todos estos años con la presidencia de Trump.

Cuando Wallace salió de la disputa, muchos de quienes temían a su movimiento asumieron que la amenaza había terminado. La autopsia fue codificada en 1980 por Jody Carlson, socióloga y analista de encuestas; su libro George C. Wallace and the Politics of Powerlessness [“George C. Wallace y su política de la impotencia”] fue el único examen exhaustivo de la información disponible sobre sus cuatro campañas presidenciales. Carlson concluye que los seguidores de Wallace estaban impulsados “por su propio autoritarismo, el sentimiento de impotencia política y el prejuicio racial”; pero considera que con su salida “el ‘movimiento’ Wallace desapareció tan rápido como surgió”, en parte porque una vez estuvo fuera de la contienda, en 1976, sus votantes se dividieron casi por mitades perfectas entre Carter y Ford. No era probable que sus seguidores “se fusionaran con alguien más, pues Wallace no representaba ninguna ideología política discernible, solo una posición, una postura”. El propio Wallace pronto respaldó esta impresión al dedicar su retiro político a una larga y sorprendentemente bien recibida campaña de redención, en la que se reunió con John Lewis y otros líderes negros para expiar sus antiguos pecados raciales. 

Sin embargo, el país no había esquivado una bala cuando otra sacó a Wallace del ruedo; habíamos burlado el momento de la verdad. Con Wallace fuera del campo y sus votantes, por el momento, dispersos y regresando al orden natural del bipartidismo, los Estados Unidos de 1972 podrían afirmar por sí mismos que la fiebre se estaba propagando, tanto como lo imagina hoy el ingenuo Jeff Flake.

El trumpismo, desde entonces, ha estado haciendo metástasis a plena vista, gravitando entre los demócratas y los republicanos, aunque con una fuerza extraordinariamente consistente, sin importar la filiación política de sus seguidores (si es que tienen una). Cuando la trayectoria política de Wallace comenzó a tomar impulso a nivel nacional en 1971, Donald Warren, un sociólogo de la Universidad de Oakland, empezó a entrevistar a profundidad electores del Medio Oeste para comprender el fenómeno. Warren acuñó el término “middle american radicals” (centroestadounidenses radicales) para captar sus paradójicas ideas políticas: se alineaban con “la izquierda tradicional en oposición a los privilegios y al poder de las corporaciones ricas”, pero también con la derecha, en su temor “al creciente poder de los pobres y de los grupos minoritarios en nuestra sociedad”. En un libro de 1976, The Radical Center, Warren conjetura de manera acertada que los centroestadounidenses radicales “serán una fuerza significativa, independientemente de su inclusión en los partidos consolidados”, y advierte que, de dejarse desatendida, su insatisfacción podría implicar un “enorme peligro” y “afectar la estructura política y social con posibles consecuencias drásticas”. Su investigación sería evocada de una forma aterradora en 2016, cuando Amanda Taub informó en Vox que estudios académicos recientes encontraban que los estadounidenses con rasgos autoritarios (necesidad de orden, miedo a los forasteros, deseo de que un hombre fuerte preserve el statu quo) son “un grupo electoral sorprendentemente grande”, que se alinea con el “populismo de derecha”. En efecto, una mentalidad autoritaria fue “el mejor indicador” para saber quiénes iban a votar por Trump, seguido del hecho de contar tan solo con una educación secundaria. Taub hizo un llamado de advertencia, retomando desde donde Warren dejó a sus centroestadounidenses radicales hace más de cuatro décadas: esto “existe independientemente de Trump y perdurará como una fuerza en la política estadounidense”.

Ilustración de Roger Ycaza

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Uno podría pensar que después del fracaso de un presidente autoritario y cleptocrático tan grotesco como Trump, el electorado finalmente dejará de insistir. Habiendo aportado poco más que caos y una retórica encendida, Trump será expuesto como un fraude. Sus adeptos estarán desilusionados y su destructor programa nacionalista y nativista, revelado por completo bajo el foco inmisericorde del Despacho Oval, se verá como un cáncer a ser extirpado. Pero esta lógica no solo recuerda las constantes predicciones sobre la inminente caída de Trump durante su campaña presidencial, sino que va en contra de la demostrada longevidad del trumpismo. También subestima el legado de los logros de Trump, que subsistirían aunque él fuese expulsado de Washington mañana mismo. No me refiero a logros en políticas públicas, por supuesto; se trata de la erosión sistemática de las normas políticas, sociales y éticas que dejará a sus coléricos seguidores con más recursos que nunca para seguir combatiendo a los enemigos de su presidente, los responsables de su caída.

Es impresionante la magnitud del vandalismo cultural que ha perpetrado Trump en tan poco tiempo. Incluso sin haber cumplido (hasta ahora) amenazas tan draconianas como la revocación de licencias televisivas, ha conseguido desacreditar por completo a los medios de comunicación legítimos a ojos de sus simpatizantes y, sin duda, a los de otros estadounidenses crédulos también. Aquella firme convicción liberal de que los electores de Trump abrirían los ojos si tan solo estuvieran expuestos a un incesable flujo de temerarias investigaciones periodísticas, acompañado de artículos de opinión apasionados y de sermones de la cadena msnbc, era una utopía. Los hercúleos esfuerzos de la prensa por revelar y denunciar la naturaleza corrupta de la administración Trump son asiduamente rechazados por sus seguidores como “noticias falsas” (asumiendo que dichos esfuerzos penetren su burbuja en primer lugar).

Mientras tanto, las noticias falsas que les proporcionan a los trumpistas su realidad alternativa se han vuelto más insulares que nunca. Murdoch ha erradicado los restos de conservadurismo no trumpista del Fox News pos-Roger-Ailes y de la editorial del Wall Street Journal; y Breitbart News (el portal de noticias de extrema derecha que desde 2016 se dice alineado con la alt-right), inyectado con un flujo constante de dinero por parte de la familia Mercer, es libre de atacar, ahora que Steve Bannon (su director ejecutivo y ex jefe de estrategia de Trump) está fuera de la Casa Blanca. (Un titular de Breitbart sobre los resultados en Virginia reza: “El burócrata del pantano republicano, Gillespie, es rechazado”.) Ahora, el mensaje impuesto por tales medios alternativos trasciende la esperable dieta de indignación racial y nativista, y las teorías conspirativas sobre los Clinton y Obama; estos medios están igualmente decididos a socavar el Estado de derecho de la misma manera en que lo ha hecho Trump con su implacable representación del FBI, el Departamento de Justicia y el sistema judicial como siervos de las élites subversivas que intentan destruir los cimientos de los Estados Unidos. Así, no sería sorprendente que Bannon pudiera readaptar a Michael Grimm, el excongresista de Staten Island condenado por fraude fiscal, para un posible regreso a la política en una elección primaria del GOP, apenas 18 meses después de su liberación de una prisión federal.

La idea de que el GOP pretrump resurgirá en la era postrump para vencer estas fuerzas es ridícula. La tradicional élite republicana en el Senado y la Casa Blanca, incluso los más conservadores como Flake, están comprometidos con la autoexclusión, como diría Mitt Romney, en vez de enfrentar un pelotón de fusilamiento en las primarias. Con el tiempo, los trumpistas expulsarán al resto, incluyendo a Paul Ryan (a quien Bannon, según Joshua Green en The Devil’s Bargain, descartó como “un eunuco hijo de puta, engendrado sobre una placa de Petri en la Heritage Foundation”). Esta es una repetición de la purga de los sesenta, cuando el nuevo GOP, configurado por Goldwater, Nixon y la “estrategia sureña”, hacía a un lado a personajes como Nelson Rockefeller y George Romney. Dado que el 89% de los republicanos votó por Trump en noviembre, y que de seguro tiene un índice de aceptación favorable al menos entre el 80% de los votantes actuales del GOP, sin importar qué ha dicho o hecho, solo una quinta parte de los estadounidenses que se identifican como republicanos son (con alguna esperanza) antitrump. Ta-Nehisi Coates estaba en lo correcto cuando advirtió que aunque “no todos los electores de Trump son supremacistas blancos –siendo ‘supremacistas blancos’ el término contemporáneo para los segregacionistas de Wallace–, a cada votante de Trump le pareció bien dejar el destino del país en manos de uno de ellos”. Esta es la marca del GOP.

Los restos del establecimiento republicano son, en el mejor de los casos, pueblos fantasmas. Es demasiado tarde para “el proyecto de renovación republicano”, presentado en octubre por el exredactor de discursos de George W. Bush y apasionado never trumper Michael Gerson, quien creyó que John Kasich, Flake, Ben Sasse y demás se ingeniarían “una alternativa convincente al llamado de Bannon”. La historia demostrará que el irresponsable establecimiento republicano perdió reiteradamente la oportunidad de retomar o renovar el partido, al ser demasiado cobarde, cínico o inepto para confrontar al trumpismo mientras este avivaba el fuego de los prejuicios raciales de Palin, del Tea Party y, finalmente, de Trump, durante la presidencia de Obama. Como lo señala Sam Tanenhaus en el New York Review of Books, ninguno de los 22 colaboradores del número especial “Never Trump” del National Review mencionó la campaña de Trump contra la nacionalidad de Obama; en cambio, decidieron enfocarse en su ignorancia del “conservadurismo constitucional”. Si Kasich y su grupo de supuestos moderados quieren un nuevo partido ahora, su única opción es más bien lanzar un tercer partido que ondee la bandera ¿por-qué-mejor-no-nos-llevamos-bien?, posiblemente en el programa matinal de Joe Scarborough en MSNBC.

Al trumpificado GOP no le importará reemplazar a los never trumpers con personajes como Roy Moore; sus antecedentes sexuales y actividades extralegales como cabeza de la justicia en la Corte Suprema de Alabama no serán inconvenientes en un partido que acepta el historial de negocios extralegales y de acoso a las mujeres de parte de Trump. (La indignación profesada por los republicanos del establecimiento respecto a las revelaciones de Moore, al igual que su insulsa protesta ante el escándalo de Trump por la grabación de Access Hollywood –en la que el presidente aconseja agarrar a las mujeres por la vagina–, solo conseguirán que Moore y sus seguidores redoblen la apuesta.) La amenaza de largo plazo, sin embargo, es más grande que la posible llegada al Capitolio de radicales como Moore o de teóricos de la conspiración como Kelli Ward, posible heredera de la silla de Flake por Arizona. Al iluminar una vía hacia el poder que nadie había creído posible y demoler los barandales que, asumíamos, nos protegían de los autócratas, Trump ha preparado el camino para que oportunistas más astutos que él accedan al escenario nacional. Imaginemos un candidato presidencial con las mismas opiniones y ambiciones de Trump, pero sin su equipaje personal: la indisciplinada tendencia a la autoincriminación y la insuperable vulgaridad. La gran lección mostrada en The Manchurian Candidate –un thriller sobre la guerra fría en 1962–, a comienzos del movimiento Wallace, todavía se mantiene: el candidato presidencial fascista al que verdaderamente debemos temer es al piadoso ejemplo de rectitud que se presenta a sí mismo (o a sí misma) como un patriota desinteresado que pretende proteger y defender la democracia estadounidense, mientras conspira (posiblemente con ayuda de los rusos o de los chinos) para destruirla.

Los trumpistas acérrimos representan a lo sumo un tercio del país, ¿no debería ser fácil derrotarlos a ellos y a sus candidatos, quienesquiera que sean? Si los demócratas pudieran, digamos, atraer a una porción considerable del 20% de los electores republicanos del área suburbana que no apoya a Trump, ¿no darían los números? Después de todo, miremos lo que sucedió en Virginia y Nueva Jersey, donde un aumento en la participación demócrata impulsó grandes victorias; un feliz antídoto contra las decepcionantes derrotas que sufrió el partido en las elecciones especiales del Congreso en Georgia y Montana a comienzos de 2017.

La euforia se desvanece un poco cuando observamos con atención. Nueva Jersey y la otrora púrpura Virginia son estados azules que no estarán en juego en 2020, como no lo estuvieron en 2016 (ningún republicano ha ganado una carrera estatal en Virginia desde 2009). Las victorias en ambas costas no pueden ocultar el hecho de que los demócratas no se han puesto de acuerdo sobre un mensaje nacional (o un mensajero) que movilice de manera entusiasta a su propia base electoral en los estados pendulares del centro, que Obama ganó y Hillary Clinton perdió. Una encuesta realizada a principios de noviembre de 2017 por el Washington Post y abc News, que registra el índice de aprobación de Trump como el más bajo (37%) de todos los presidentes en setenta años a esta altura de su mandato, también encontró que empataría con Clinton (40-40) si ahora mismo hubiese una revancha. A esa encuesta le siguió un estudio de la cnn, donde se revela que la aprobación del Partido Demócrata está “en su punto más bajo en más de un cuarto de siglo de encuestas”. Un sondeo de Morning Consult y Politico, realizado en el aniversario de la elección de Trump, muestra que el 82% de sus electores votaría por él de nuevo, mientras que solo el 78% de los votantes de Clinton lo volvería a hacer.

Ayudaría que los demócratas reconocieran que Trump ha demolido las viejas convenciones políticas que ellos no pueden abandonar. Mientras estaban ocupados discutiendo sobre la inadecuada administración de Debbie Wasserman Schultz en el Comité Nacional Demócrata (cnd) en 2016, el dinero negro de la derecha recurría al big data y lanzaba noticias falsas en Facebook para fomentar la desesperanza y la apatía entre la base electoral demócrata. Tras las elecciones, los demócratas siguieron litigando sobre el cnd durante las elecciones y ya reunieron a su acostumbrado pelotón de fusilamiento: cuantas más bajas produzca, mejor. Trump no estaba equivocado al confiar en su instinto y no en esa clase de estrategas políticos que manejan todo a través de grupos focales para definir su mensaje. Se podría argumentar razonablemente, como lo hace Hillary Clinton en What Happened, que no había mucha diferencia entre su programa económico y el de Bernie Sanders; pero, con independencia de sus otros defectos, Sanders habló de una forma directa y hasta cruda a los votantes, sin seguir ningún guion de campaña escrito por un grupo de expertos.

Así mismo, Sanders no estaba contaminado por el complejo industrial Robert Rubin-Lawrence Summers, que manejó la economía en las administraciones de Bill Clinton y Obama, y fue cómplice de la burbuja que estalló en la Gran Recesión. Muy pocos líderes demócratas son ajenos a esas ataduras (recordemos que Sanders no es un demócrata). Quienes lo son, como Elizabeth Warren, deben tener en cuenta mientras avanzan que medio siglo de historia nos indica que no van a conquistar al tercio trumpista de los Estados Unidos, sin importar qué argumentos utilicen. Por muy común que sea el terreno entre demócratas y trumpistas en términos de populismo económico, se verán distanciados por el nativismo, el nacionalismo y el racismo categóricos del trumpismo. Las élites liberales que siguen sosteniendo que los demócratas pueden ganar encontrando un punto medio con los votantes de Trump no parecen darse cuenta de que esos electores intransigentes fueron programados para odiarlos hace mucho tiempo. William Rusher, el editor del National Review que siguió a Wallace con admiración durante los setenta, previó proféticamente un GOP que aliaría a los trabajadores con los contribuyentes corporativos del partido en contra de lo que denominó “una nueva clase” de estadounidenses “esencialmente improductivos”, como lo son los académicos, los medios de comunicación y los trabajadores del gobierno. Esta es justo la misma cultura Trump-Fox News-Breitbart que existe hoy en día.

Las ventajas de una creciente demografía demócrata no significarán nada si sus votantes se quedan en casa. Hay que darles una razón a aquellos que no votaron en 2016 para que participen en 2020 con el mismo fervor que Trump inculcó en los trumpistas blancos del campo. Es posible que el partido tenga que enfrentar a una celebridad contra otra. Las innovadoras encuestas que favorecen las candidaturas fantasiosas de Oprah Winfrey y Dwayne Johnson no deberían ser desestimadas como bromas. Después de Trump, nadie puede cuestionar las habilidades de una estrella del mundo del entretenimiento (ni las de casi nadie) para llegar a la Presidencia; algunos de ellos podrían entregar un mensaje político con más convicción que políticos profesionales de cualquier partido. También es posible que los demócratas tengan que enfrentar la rabia con rabia. La intensidad de la ira de los trumpistas crecerá como respuesta a su caída, que en el ecosistema trumpista será atribuida a una conspiración de Mueller-Clinton-Goldman Sachs y el así llamado Estado profundo que duerme bajo la burocracia federal. Esa ira, además, se irá exacerbando por la inseguridad económica, que va a seguir afligiendo a la mayoría de los estadounidenses mientras la inequidad –agudizada durante décadas en la era de la globalización– permanezca desatendida y descontrolada. Los demócratas no pueden responder a ello prescribiendo, como siempre, decálogos políticos extraídos de los cómodos lugares comunes de un think tank liberal.

Mirando hacia el futuro, durante una entrevista en 60 Minutes, cuando salió de la Casa Blanca, Bannon sentenció: “La única pregunta que tenemos [es si] será un populismo de izquierda o uno de derecha”. Es la pregunta, añadió, “que será resuelta en 2020”. Hay que darle crédito al diablo: se está haciendo la pregunta indicada. Pero existen razones de sobra para temer que ninguna elección en un futuro cercano resolverá nuestra interminable guerra civil, en los desestabilizados Estados Unidos que Trump deja tras de sí.

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Es un antiguo y destacado columnista del New York Times.

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