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El Malpensante

Artículo

(Pausa)

(Un tributo a John Cage con prismas de Samuel Beckett)

¿Es posible un concierto en silencio? ¿Una puesta en escena de nada? Un teólogo reflexiona sobre los supuestos vacíos
y ausencias en las obras del músico norteamericano y el dramaturgo irlandés. Un tras bambalinas ensordecedor acompañado de las pinturas de uno y los mamarrachos del otro.

9 Stones 2 (1989). Fuera de los escenarios, John Cage destacó por su obra plástica, aunque alegaba no ser pintor.


¿Te has fijado en los semblantes de contrabajistas y violinistas cuando dejan de tocar sus instrumentos para darles paso a las trompetas o al piano? ¿Alcanzas a notar cierto cansancio, alguna tristeza en sus cabezas ladeadas, o por el contrario notas que sus rictus solemnes no son sino disimulo? Con idéntica languidez sacuden los hombros y enderezan la postura del cuerpo entero, justo antes de empuñar los arcos y de afirmar los instrumentos –contra la mejilla o el tronco– dispuestos a hacerlos sonar de nuevo.

Ese silencio de unos mientras se oyen armonías de otros es el más pleno de todos. Similar al del aficionado que intenta observar sin hacer comentarios un encuentro futbolístico, confundido entre una multitud vociferante. El silencio que solo pueden brindar los dedos inquietos del maestro de ceremonias, en apariencia, calmado; el de la cantante de swing que observa, arrobada, a su pianista invitado durante la ejecución de un solo.

¿Recuerdas tus visitas al hospital psiquiátrico fundado en las afueras de la ciudad?

Solías presentar filmes a los internos tranquilos. Un día les llevaste la versión de Esperando a Godot realizada por la bbc, al parecer en medio de un desolado desierto, quizá como un acto de reconocimiento de la más precisa voluntad del autor. Una pieza para ver en vivo, que había sido filmada. Y la estabas exhibiendo ante el público adecuado: un conjunto de personajes que hubiera podido no solo interpretar, sino vivir las situaciones de cualquier obra escrita por Beckett.

Por más que intentaste no hubo forma de ponerle subtítulos en español a la pantalla. Una enfermera ansiosa manipulaba los botones del reproductor de video. Entre tanto, uno de los enfermos mentales miraba –sería mejor decir que estudiaba– los cables negros enchufados a las tomas de la pared blanca, sin tocarlos. Pacientes, enfermera, cierto médico que llegó después, y tú, todos se vieron obligados a observar la grabación de dos horas sin entender ni media palabra proferida por los actores. Algunos espectadores terminaron por quedarse dormidos sobre sus bancas. Otros se fueron. Al final, cuando ya ibas de regreso a casa, el médico dijo:

–Yo sí me gocé la película. Me sentí como en un concierto, como en una ópera de gruñidos o de voces desentonadas. No entendí lo que decían los personajes pero me gustaba como lo decían. ¿Sí me entiendes? Fueron muy emocionantes, por ejemplo, esos momentos en que pasaban un rato sin decir nada, solo se miraban, y luego arrancaban a hablar. ¿Te diste cuenta de eso?

 

La pausa

La nota musical imposible de oír que Beckett acostumbraba a marcar por escrito. Vas a contestar a una pregunta urgente y de pronto te quedas callado durante cuatro o cinco segundos –una antesala, una alfombra que despliegas frente a lo que dirás– y solo después de ese paréntesis contestas, hablas. A veces la pausa recrudece. Citemos Los bellos días o esa minucia que es Ohio Impromptu. Los personajes le hablan a alguien, no necesariamente dialogan con ese alguien, están a punto de soltar un dato, una opinión, una queja, y aparece ese breve limbo de silencio previo a las palabras. No es raro que la pausa también sea posterior a lo dicho. Siete, ocho, hasta diez segundos de mutismo delante de públicos expectantes o desesperados.

Si comerciáramos con las palabras, como en una obra de Beckett, nuestras conversaciones serían menos infructuosas.

No obstante, toda conversación es infructuosa; de hecho, la conversación es un modo peculiar de silencio prolongado.

Lo que de veras llamó tu atención en la declaración del médico fue la manera como asumió la puesta en escena de Esperando a Godot en la producción de bbc. No asistió a una obra de teatro sino a una interpretación musical. Y pensaste en esa cara oculta detrás de toda pieza teatral, de toda conferencia, incluso de cualquier diálogo ocasional –esos cruces, lances y combates de palabras unidos a sus respectivas pausas tipo Beckett–. Son, en el fondo y bien mirados, interpretaciones musicales analizados con la misma contundencia del loco que estudia unos enchufes negros. Los instrumentos son las gargantas. Las melodías son, cómo no, las frases, oraciones, interjecciones, omisiones y risas que se emiten.

Encerrado en tu casa como de costumbre, debido a la grave timidez que sufres, realizas una nueva prueba visual y auditiva con otra obra de Beckett. Esta vez aumentas la apuesta, te exiges un poco más. Observas con denuedo los dos Actos sin palabras, asumidos por ciertas gentes de teatro como meras pantomimas. Preferiste verlos en calidad de obras musicales, tal como lo había hecho el médico en el hospital psiquiátrico. Les anulaste el sonido a las imágenes porque pretendías oírlas mejor.

Los sordos que observan una película muda filmada en los años veinte están, a decir verdad, oyendo esa película.

Diversos teóricos de la música, cada uno tan inextricable como el otro, han discutido, polemizado y ya francamente peleado en torno a la valía sonora, armónica, tonal, sinfónica, estética, ideológica, intelectual o humorística de 4'33", la célebre composición o disposición al paso del tiempo, o manipulación de la quietud en que no se interpreta ningún instrumento musical, concebida por John Cage para gloria y desesperación de estudiosos, espectadores y ejecutantes.

Lo que se sabe es que son cuatro minutos con 33 segundos de silencio de un músico frente a su instrumento.

Y lo primero en que se piensa al mencionar el nombre de John Cage es justo esa obra musical cuyo contenido exclusivo es el silencio.

Pero, ¿es una obra musical, o se trata de una puesta en escena, una extensa pausa de Beckett, que sirve como facilitadora, posibilitadora o excusa a la hora de revisar nuestro modo de recibir los sonidos, de parar, de detenernos con el fin de retornar a la música presos de cierta nueva inocencia, cierta nueva perspicacia?

4'33" es música porque, como quiso y permitió el propio Cage, se oyen sonidos en la sala mientras el músico y su herramienta callan. Son música las toses, resoplidos y carraspeos del público, o del mismo intérprete, en el desarrollo de este silencio menos provocado que escenificado.

Recuerdas al vuelo una grabación del mismo Cage que consistía en simplemente –y este “simplemente” se oye y se ve aquí tan peligroso por inexacto– en el crujido, en el rechinar de una puerta durante dos eternos minutos. Un bloque de silencio amplio entre pequeñas pausas sonoras a cargo de una puerta. Ejemplo menos conocido de la presencia de lo callado en la música descubierta o develada por John Cage.

4'33" sí es música.

Porque toda pausa de silencio es música.

 

Lo has meditado mejor y el ejemplo con el cual intentarás explicarte ahora es lo menos parecido que puede existir a una obra de Cage. Se trata de un chiste poroso que se le ocurrió a ese viejo amigo tuyo, hoy habitante de otra dimensión –cuán elegante te suena eso de “otra dimensión”, le brinda incluso elegancia a tu amigo–. Se llamaba Rafael Acevedo Nossa y durante alguna época se sirvió, por tacañería o mala costumbre, de un radio desvencijado para irse enterando de las noticias o para oír las baladas románticas que le gustaban. El problema es que el transistor estaba muy dañado. No captaba estación de radio alguna. Al encenderlo y girar su perilla, solo se oían reverberaciones, gorgoritos y ruidos variados. Lo que una persona práctica denominaría “lluvia” porque, en efecto, ese estruendo era igual al sonido de un aguacero sobre tejados, suelo y patios. Lluvia.

–Este es el mejor radio del mundo –dice atrapado en el paréntesis de tu memoria Rafael Acevedo Nossa, sonriente–. No deja oír una o dos emisoras, no señor. Deja oír todas las emisoras al mismo tiempo.

No una o dos emisoras sino todas a la vez. ¿Has oído esa lluvia, esa suma de todas las estaciones de radio sintonizadas una sobre la otra, de forma revuelta y simultánea?

Cage propuso una obra o un momento escénico, otra pausa, digna del gracejo de Rafael Acevedo. Se titula Imaginary Landscape n.° 4 para doce radios. Lo ideó en 1957 y consiste en juntar doce transistores encendidos para que suenen en su lluvia sempiterna durante seis minutos continuos, con tenues variaciones.

Si sumas todos los ruidos de todos los radios, ¿qué clase de sonido obtendrás? ¿Obtendrás sonido?

Uno de los luminotécnicos de Breath, pieza escénica escrita por Beckett, sin actores y cuyo principal protagonista es una acumulación de luz, podría levantar la mano en este instante. Diría, al serle concedido el uso de la palabra: “Si mezclo todos los rayos lumínicos conocidos, el color resultante será el blanco”.

El blanco no es un color benévolo, después de todo; acuérdate del funeral de Jorge Luis Borges, al cual María Kodama, la viuda, asistió vestida de blanco, según costumbre oriental.

El duelo para culturas seriamente civilizadas es blanco.

Qué temible color será el blanco si es la suma de todos los resplandores, el que contiene la totalidad; sombrío poder dictatorial de un fulgor que se presenta amable e inofensivo.

¿Si sumas todas las pausas de Beckett, pieza escénica a pieza escénica, qué clase de sonido obtendrás?

La obra magna de Beckett. Esa que representa a todas las demás. No escrita, es cierto, pero pensada. La reunión coherente de todas las emisiones de radio que se están oyendo en este instante.

La conjunción de todos los ruidos, es decir, la conjunción de todos los silencios.

El silencio supremo. El silencio blanco.

La música máxima.

 Si hay obras de Cage que dejan entrever el silencio son las que involucran una gran cantidad de sonidos –en Living Room Music combina golpes de puertas con voces humanas; en Water Walk despide sonoridades de objetos muy diferentes entre sí, como una olla, un silbato y una licuadora– porque intenta como compositor admitirnos al silencio a través de ligeras pausas auditivas, porque a veces deja solo un sonido y es muy corto. Los silencios que conjura Cage son agónicos y hospitalarios.

Hemos abusado de la música, piensas, quizás hasta la gula y la bulimia; oímos lo que se nos antoja, lo que queremos, de un track al otro, como posesos. El arte, en venganza, nos deja unas cuantas tonadas, no las mejores, dentro de la cabeza. Y de contera nos incapacita para el silencio.

Debiéramos dejar de oír música durante un año con el fin de empezar a oírla auténticamente tras ese extenso ayuno o voto de silencio.

Los manuscritos de Samuel Beckett fueron subastados en 1960 por su amigo y escritor Brian Coffey.

(Una expresión de Leonard Cohen que está más dirigida a los escuchas que a los intérpretes o a los músicos: “I’m just paying my rent every day Oh in the Tower of Song”. Adriana Mejía, una antigua columnista de la revista Cromos, llamaba “musicar” al acto de oír música, a la deuda que diariamente tenemos que cancelar con la Torre de la Canción.)

John Cage, artista árido, cerebral y poco entregado a las emociones o a los sentimientos, si los ha habido, cuyas obras son lo raro de lo raro en un ámbito como el musical donde la sensibilidad –del espectador, del intérprete, del compositor– es el todo.

El maestro de lo incomprensible, creador de piezas sonoras autistas, lúcidas; el mismo que desafió a las academias, a los grandes emporios musicales –orquestas, festivales, sellos discográficos–, propiciando melodías para pianos malformados o de juguete; el que brindó prestancia y dignidad sinfónica, entre otros, a objetos e ideas que estaban desterrados del mundo musical.

El conferencista que escandalizó a un circuito de músicos norteamericanos tradicionalistas mediante un par de célebres textos, “Conferencia acerca de algo” y “Conferencia acerca de nada”, en las cuales expone, con una claridad parecida a la del niño que repite un recado oral, por qué las preparaciones y los planes son perjudiciales, destierran la espontaneidad, matan el modo directo de asimilar, de asumir la obra de arte.

Al igual que otros grandes músicos fuera de orden, hijos del siglo xx, como Edgar Varèse y Pierre Boulez, Cage redefinió caminos en un terreno donde se suponía que ya todo estaba dicho, descubriéndole el caos como virtud a la cultura occidental.

La débil presencia de este músico generoso en silencio, prudencia y serenidad permanece con el fin de recordarnos la necesidad del decoro, de volver a pensar antes de los ataques, los impulsos y la necedad. Idéntico a Lucky, el esclavo de Pozzo, en Esperando a Godot. Un ser sin palabras.

El compositor estadounidense, revolucionario de las formas lineales y rígidas, es una demostración de que la razón –y no solo las emociones primarias y los sentimientos impulsivos– todavía sirve a la hora de construir una sociedad mediante la estética.

El músico de rock Beck rinde un homenaje involuntario a Cage y a Beckett en 2012. En vez de grabar un disco, publica las partituras de composiciones originales junto a unas pinturas y las entrega a los músicos, profesionales o no, para que interpreten las melodías como mejor prefieran. El título del libro con las melodías silenciosas y escritas mediante símbolos es Song Reader.

Puede descargar unos cuantos kilobytes de silencio, para acompañar el fin de esta pausa, aquí:

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Darío Rodríguez

(Duitama, boyacá, 1977). Estudió filosofía. Es escritor y colabora con Razón Pública y Cartel Urbano. Su más reciente libro es la compilación de relatos Esa es un poco la historia (Culturama, 2018). Lo puede encontrar en Twitter como @etinEspartaego.

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